El Fin del Milenio
Darse Cuenta No. 19
Uno de los hábitos más enraizados en
la mayoría de los seres humanos es el de "vivir
esperando". Esta actitud cómoda en la vida
nos lleva a elegir siempre el camino más fácil,
a optar por el mínimo esfuerzo y muchas veces
a culpar a otros por las dificultades que estamos viviendo.
Por ejemplo, espero que Dios o algún gobernante
solucione mis problemas económicos (el dinero
no me alcanza, el gobierno y sus sistemas son responsables)
o de convivencia (yo no soy el culpable de que los
demás me acepten tal como soy). "Vivir
esperando" que alguien nos ayude, nos tienda una
mano, en fin, que haga algo por nosotros, nos adormece
interior y exteriormente y nos vuelve espectadores
de nuestra propia vida.
Un Maestro de la humanidad decía que somos
lo que pensamos. Nuestra vida es el reflejo de nuestros
pensamientos. Si queremos saber porqué vivimos
de esta manera y no de otra, cabría preguntarse: ¿Qué pensamientos
habitan en mi mente? ¿De dónde vienen? ¿Yo
los elijo o son ellos los que me eligen?. La mayoría
de nuestros pensamientos vienen de "afuera" de
nosotros, los hemos recibido del medio en el que vivimos
o de nuestra herencia, pero de una cosa somos responsables
y es de darles calidad. La calidad de los pensamientos
depende del grado de conciencia del individuo. Se podría
decir que el adelanto de los pueblos se mide por la
calidad de los pensamientos de sus habitantes.
Muchas veces ignoramos la fuerza negativa o positiva
con que impregnamos a nuestros pensamientos: "No
puedo", "no me sale", "me es muy
difícil", "no tengo las condiciones",
son algunos pensamientos negativos con los que nos
limitamos en la vida. Por ejemplo, si me digo a mi
misma: "no puedo hacer esto o aquello" con
el tiempo me daré cuenta que realmente no podré hacerlo;
pero si cambio mi manera de pensar y me digo: "realmente
quiero hacerlo, no so cómo, pero ¡lo haré!,
esta actitud me lleva a buscar nuevas posibilidades
hasta conseguir lo que realmente quiero plasmar.
La negatividad de los pensamientos también
se expresa en algunas ideas populares como lo son las
supersticiones y las profecías, que cuando son
alimentadas por nuestros pensamientos cobran vida y,
muchas veces, tienen la suficiente energía que
llegan a realizarse. Como aquella que está registrada
por el historiador Diego Durán en su libro Historia
de las Indias de Nueva España, en la que relata
lo siguiente:
"Moctezuma (1466-1520), Emperador de los Aztecas,
aceptó la superstición popular de que
los cometas presagian catástrofes, cayó en
una profunda depresión al presenciar uno y así colaboró inconscientemente
a la conquista española". Este es un ejemplo
excelente de profecía que uno mismo ayuda a
cumplir.
También existen muchas ideas "novedosas" que
deambulan por el mundo y que alimentadas por nuestra
ignorancia se posesionan de nuestras mentes cuando
no vivimos atentos, despiertos, surgiendo el miedo
a lo desconocido, a lo nuevo. Este hecho nos lleva
a creer y por lo tanto a vivir, historias viejas que
ya fueron vividas por la humanidad hace mucho tiempo,
pero que cada cierto tiempo se vuelven a repetir como
las modas que se ven en la actualidad, en la forma
de vestir, de pensar.
Circunstancias especiales y la fuerza del pensamiento
colectivo hacen que las ideas como las del fin del
mundo, revivan nuestros temores ancestrales cada din
de siglo o fin de milenio, este hecho es lo que Eduardo
Galeano nos relata en Memorias de Fuego, aquella noche
del último día del siglo XVIII: "todos
los habitantes del pueblo de San José de Gracia
se prepararon para morir. Mucha ira había acumulado
Dios desde la fundación del mundo, y nadie dudó que
era la llegada del reventón final. Sin respirar,
los ojos cerrados, dientes apretados, las gentes escucharon
las doce campanadas de la iglesia, una tras otra, muy
convencidas de que no habría un después".
La idea del fin del mundo es tan antigua como el
hombre mismo, todas las culturas la pregonaron, el
mundo cristiano del año 999 no fue una excepción,
como lo narra el escritor Charles Berlitz: "La
mayoría esperaba el fin, pero la idea del fin
del mundo variaba algo según la creencia local
e individual: en las tierras germánicas y eslavas
del norte, acabaría en fuego: en los países
mediterráneos, un fuerte toque de la trompeta
de Gabriel llamaría a los muertos a salir de
sus tumbas y compartir el Juicio Final con los que
todavía no hubieran muerto. Cristo volvería
a la Tierra y llevaría al Paraíso a los
verdaderos creyentes".
Cuando una idea se posesiona de la mente humana toma
fuerza y se convierte en realidad. Una anécdota
histórica ejemplifica este hecho marrando lo
que vivieron algunas personas que realmente llegaba
el fin de sus días con la llegada del año
mil. El historiador Frederick H. Martens, en La Historia
de la Vida Humana, describe lo que se vivió la
noche del 31 de diciembre del año 999, en la
misma basílica de San Pedro que se encontraba
repleta de gente "...Se había dicho la
misa de medianoche, y reinó un silencio mortal.
Los presentes esperaban... El Papa Silvestre no dijo
una palabra. Parecía sumergido en una oración,
con las manos elevadas al cielo. El reloj seguía
su tictac. Un largo suspiro se elevó del pueblo,
pero no paso nada. Como niños con miedo a la
oscuridad, todos los que estaban en la iglesia yacían
con el rostro en el suelo, y no se atrevían
a levantar los ojos. Sudor de miedo cubría muchas
frentes heladas, y las rodillas y los pies perdieron
toda sensibilidad".
"Entonces de repente ¡el reloj cesó en
su tictac!
"Entre los asistentes empezó a formarse
en muchas gargantas un grito de terror. Y muertos de
miedo, varios cuerpos cayeron pesadamente en el suelo
de piedra".
Muchas son las historias como ésta y muchas
oportunidades que se pierden cuando esperamos que algo
nos "caiga de afuera".
Esperar que algo pase, que algo en el exterior se
realice, que alguien me arregle o desarregle la vida,
es una tendencia natural de una mente como la nuestra.
Esta tendencia nos trae atraso, nos limita como humanos,
y nos llena de pasividad y conformismo.
Asumir la responsabilidad de vivir es empezar a resolver
nuestras dificultades del cotidiano vivir sin esperar
condiciones especiales para ello, volcando la mirada
hacia el interior de uno mismo, para encontrar allí las
respuestas verdaderas que mi ser necesita para ser
lo que realmente soy: Un Ser Humano.
|