Mensaje de Plenilunio 2016

Demos vuelo a nuestro desenvolvimiento espiritual que quita la envoltura de lo ilusorio y nos permite descifrar con certeza la esencia misma de nuestro ser. Esta esla misión que queremos, podemos y debemos llevar a cabo, no por un “deber ser” sino por un compromiso de amor que hemos elegido y asumido.

Decimos que no somos, sino que estamos siendo. Esto implica un estado de cambio permanente. No somos un producto terminado. Por estar vivos, en cada instante vamos dejando algo y al mismo tiempo vamos incorporando algo. La simple observación de nuestro cuerpo nos permite ver que, a la vez que perdemos células, estamos generando otras nuevas.

Una transformación se produce a través de cambios. El proceso de liberación interior en el que estamos inmersos implica vivir en transformación continua. Hacernos conscientes de esta realidad nos permite tomar fuerzas para no resistirnos a los cambios que la vida nos pide. Resistirnos al cambio sería contrario a la ley de la vida, a nuestras posibilidades de ser almas libres y al llamado a la Unión Substancial con la Divina Madre.

Sustentemos firmemente en nuestro corazón ese proceso de transformación interior continuo que se aviene rápidamente a los cambios que necesariamente tienen que darse. Para dar continuidad a ese proceso de desenvolvimiento espiritual no hemos de cejar en nuestro empeño por remplazar posiciones tomadas ante la vida. Es preciso mudar viejos hábitos, formas de pensar, proceder y responder, por actitudes que reflejen nuestra elección de ofrenda, de olvido de nosotros mismos, de anteponer el bien de todos a las conveniencias o gustos propios. Es en torno a estas actitudes que han de gravitar nuestras elecciones.

No se trata de hacer un cambio por el cambio en sí, sino del cambio para acompañar el devenir de la vida. El cambio ha de responder a una posibilidad de mejora, ya sea en un proceso o en una actitud, y como resultado ha de apuntar a un mayor grado de inclusión y participación. Trabajemos incansablemente para dar cabida a esa fuerza incontenible de amor por el desenvolvimiento de nuestra alma que nos permita sobreponernos a los escollos y vencer el temor a dejar los apoyos que nos limitan. De esta manera podrá surgir como único sostén de nuestra alma el anhelo de libertad interior que nos conduce indefectiblemente a la unión con la Divina Madre.

Si prestamos oídos a nuestra vocación es posible desenvolvernos en paz y armonía, viviendo en paz y armonía con nosotros mismos, con nuestros compañeros de camino, en nuestro hogar, en nuestra Comunidad, en nuestro trabajo, entre los pueblos de la Tierra. Para esto reforcemos nuestra determinación de priorizar los valores trascendentes, los que nos llevan a ser honestos, humildes, a comprender, a amar. Si buscamos la luz para salir del oscuro mundo de la ignorancia, la confusión y la confrontación, podremos contar con la fuerza interior para iluminar tanto nuestro camino como el de otros.

Conciencia y voluntad son las dos fuerzas con que contamos para desarrollar la Mística del Corazón, para expandir nuestro amor. La conciencia nos permite ampliar permanentemente nuestros límites, impulsándonos siempre más allá de donde estamos y la voluntad nos induce a hacer realidad nuestros sueños, a dar cada paso concreto, a vivir plenamente el presente. Estas son las bases sobre las cuales se asientan todas nuestras posibilidades de desenvolvimiento. Más allá de nuestras limitaciones contamos con la fuerza de la vocación que nos permite sobreponernos a la desesperanza al reconocer que, en general, nuestro estado de conciencia no es tan inclusivo como quisiéramos. Ni siquiera nos detiene el hecho de darnos cuenta de que por lo general, en lo cotidiano, tenemos poca conciencia de la vida del universo, de las almas todas y hasta de las consecuencias de algunos de nuestros actos. Es la fuerza de la vocación la que nos guía y nos estimula para sobreponernos cuando nuestra voluntad flaquea y se nos dificulta cumplir con nuestros propósitos. Es la fuerza de la vocación la que nos permite arribar al reconocimiento sincero.

José Luis Kutscherauer

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